Hace una semana, después de varios días caóticos y agotadores—mental y emocionalmente—finalmente tuve mi día libre en el trabajo. Sentí alivio.
Era mi oportunidad de ir al bosque con mi perro y reconectar con la naturaleza. Respirar. Soltar. Volver a mí.

Pero tan pronto llegué, todo se desmoronó.
Había más actividad de lo normal. Una ambulancia llegó. Los paramédicos salieron corriendo. Me crucé con varios perros (y el mío reaccionó como siempre), personas esquiando, haciendo ejercicio, niños del jardín infantil corriendo y gritando…

Y yo, desesperada por un poco de silencio, no sabía qué hacer.
Mi santuario estaba en caos.

Más adelante, un hombre me contó por qué los paramédicos estaban ahí. Yo asentí, agradecí, y seguí mi camino—pero por dentro, mi frustración iba creciendo.

Hasta que llegué a un lugar del bosque donde me detuve.
Pensé: “No sé si reír o llorar.”
Y en ese momento, no con palabras sino con energía, sentí a mis guías.

Me hicieron entender que la paz y el silencio que fui a buscar afuera… no estaban ahí.
Porque no son estados externos.
Yo soy la paz. Yo soy el silencio.
Y puedo caminar en medio del caos sin perderme en él.

Ese mensaje cambió mi día.
Solté.
Seguí caminando con mi perro, y por primera vez en días, me sentí en paz.

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