
A veces vemos la meditación como ese momento sagrado en el que nos separamos del ruido, del caos del mundo. Un ritual silencioso para conectar con la Presencia.
Pero… ¿y si la Presencia no está limitada a un ritual? ¿Y si no pertenece solo a unos minutos sentados con los ojos cerrados, sino que está ahí, esperando en los momentos más simples, más ordinarios?
Hace unos años, estaba caminando con mi perra Bani. Era un día tranquilo de verano. Mientras ella olía todo a su paso, yo disfrutaba del sol, del sonido de los árboles, de la vida a mi alrededor. En algún momento, mi atención volvió a ella, ya era una perra mayor, y comenzaba a tener dificultades para caminar. La observé moverse con calma, detenerse, olfatear, seguir.
Y entonces, algo cambió.
Fue como si Bani me llevara con ella a ese estado donde todo se detiene sin detenerse, donde la Presencia no se busca, se habita.
En ese instante sentí expansión, conexión… algo vasto, infinito.
Se sintió como meditación. Pero no estaba meditando.
Ese momento fue breve, pero inolvidable.
Bani me recordó lo que es vivir en Presencia sin esfuerzo, sin rituales.
Ese estado que muchos buscamos sentados en silencio, ella lo encarnaba caminando, oliendo, simplemente siendo.
Con el tiempo, mis guías también me han hablado de esto.
Me dijeron que el siguiente paso es llevar ese estado de meditación a la vida diaria, integrarlo a cada acción, a cada paso, a cada gesto.
Para mí, eso significa no escapar del mundo para encontrar paz, sino llevar paz al mundo a través de mi forma de estar en él.
No esperar silencio, convertirme en silencio en movimiento.
Porque no tienes que esperar que todo afuera se calme para sentir conexión.
Solo tienes que dejar de buscar fuera… y ver lo que ya está ahí.