
Unos días después de Año Nuevo me dirigía hacia el parque con mi perro Milo, y mientras iba hacia allá comencé a sentir ansiedad, no es algo que suceda con frecuencia por lo que no entendí el motivo de este estado. Comencé a enfocarme en mi respiración y ya estando en el parque me detuve cada vez que Milo quería oler algo y yo aprovechaba para cerrar los ojos y concentrarme en respirar, intentando salir de ese estado de ansiedad. En uno de estos espacios sentí la presencia de los árboles y al mismo tiempo mis guías me dijeron: «Apóyate en la energía y la presencia de los árboles, siente el espacio y deja que te guíe a un estado más expansivo. Ve dentro de tí a ese destello de luz en tu pecho y enfóca toda tu atención ahí».
En ese momento Milo vio otro perro y entonces pensé que hasta ahí había llegado mi momento de conexión porque tenía que estar alerta por él, entonces me dijeron: «Alerta no significa estar distraída», y me mostraron que podía seguir manteniendo ese momento de conexión mientras caminaba y miraba a Milo, me hablaron de ir en estado de acción silenciosa.
Seguí el resto de la caminata practicando lo que me dijeron y la ansiedad desapareció, volví a casa sintiéndome bien, feliz y tranquila.
Desde entonces, he estado practicando ese estado de acción silenciosa, descubriendo que no se trata de detenerse para conectar, sino de encontrar conexión en el movimiento, en lo cotidiano. Los árboles, los guías y Milo, cada uno a su manera, me recordaron que la tranquilidad no está fuera de nosotros, sino dentro, esperando a ser encontrada. A veces, lo único que necesitamos es un momento de respiración consciente para recordar que incluso en medio de la acción, podemos ser un espacio de quietud.